relatos

¡Minicrisssstoooo!, gritó nuevamente. ¡Minicristoooooooo! volvió a gritar. De entre los alumnos salió un caballero pequeño, de mal aspecto, su ropa estaba arrugada, el pantalón negro sin planchar lucía un color plomo gastado; su camisa, tenía el cuello gris por el sudor que exhalaba. Los zapatos, sin lustrar, mostraban el cuero tras del color. Era el profesor de educación física a quien le habían puesto ese singular apodo.