El profesor y el cachimbito

¡Minicrisssstoooo!, gritó nuevamente. ¡Minicristoooooooo! volvió a gritar. De entre los alumnos salió un caballero pequeño, de mal aspecto, su ropa estaba arrugada, el pantalón negro sin planchar lucía un color plomo gastado; su camisa, tenía el cuello gris por el sudor que exhalaba. Los zapatos, sin lustrar, mostraban el cuero tras del color. Era el profesor de educación física a quien le habían puesto ese singular apodo.

Néder, a mucha insistencia de un compañero de clases, gritó “Minicristo” sin medir las consecuencias. Cayó en la trampa de ser estudiantito nuevo, cachimbito, como lo llamaban, por insistencia de James, su compañero de aula, con quien inició amistad ese año.

El profesor tenía la barba negra, bien poblada, sudorosa. Hacía notar lo antihigiénico que lucía. Blancón de ojos grandes, pelo lacio, muy bien parecido, al cual todos habían comparado con Jesús, pero en versión pequeña.

Sus pasos despedían polvo, cual toro embravecido, cuando escuchó semejante palabrota. Los estudiantes que llevaban su curso, se reían de forma disimulada, otros enmudecidos, temerosos observaban el comportamiento del docente. Ese día, se acercó centellante, molesto, furioso e intranquilo, haciendo sentir cada gota de esputo en el rostro del cachimbito. Le increpó de tal forma, que el temor se apoderó de él, pues como estudiante, nunca había recibido semejante humillación, ya que el colegio de donde provenía era de curas, quienes después de un sermón terminaban dándole un chicotazo en el trasero y luego procedían al llamado de sus padres para terminar el escarmiento de la falta grave.

Sin embargo, el profesor procedió a insultarle delante de sus compañeros.

– So mocoso de mierda, que te has creído, te das cuenta de lo que me has dicho ¡Carajo!- le gritó mientras sus ojos encolerizados se clavaban como dardos en el asustado cachimbito.

– Claro, seguro eres uno de esos ignorantes, cholos de mierda que viven en el cerro- comentaba, mirando fijamente los ojos del cachimbito, quien trataba de retroceder, mientras sentía la presión en su pies, del zapato del docente.

El profesor hablaba y hablaba, articulando sílabas y palabras, los estudiantes que se encontraban alrededor fueron testigos de lo molesto que se encontraba. Se mostraba autoritario frente a los demás, demostrando superioridad ante los alumnos.

– Seguro tus padres son de la puna, esos cholitos con kjarka en sus pies, esos que se comen los piojos, seguro, esos son iiiinnnnndiosss, kjuuuuuunkus ¡Carajo!

En un silencio mudo, las lágrimas discurrían en su rostro, la impotencia de hacer o decir algo estaba bloqueada, el miedo, el temor a un golpe se acercaba, y su estado tibio, inhibió y paralizó todo su cuerpo.

– Y vas a llorar, ahora ya no eres machito... ¡Qué están mirando ustedes!, gritó amenazante a los compañeros del cachimbito, ¡Vayan a jugar…!

El maestro prosiguió con la reprensión insistente. Llevó al estudiante a la dirección del colegio, jalando las patillas de su cabello.

El profesor estaba tremendamente alterado. Fue un día terrible. Sus compañeros le acompañaron a la distancia, caminaban tímidos, preocupados hacia la oficina del Director. James resuelto, atravesó su camino y de forma respetuosa intentó explicar al docente que él había sido el culpable, pero sus palabras fueron ignoradas y por el contrario el docente estaba cegado ante cualquier justificación.

– Ahora vamos a ver si tus papitos te van salvar, carajo, vamos a ver...  

Llegado a la dirección, Néder, timorato, se rehusó a ingresar a la oficina del Director, pidiendo perdón y disculpas por el hecho. Presentía un castigo mayor.  

– Buenos días señor Director, le traigo aquí a este chico, quien me insultó en plena clase de educación física- habló el profesor. 

El Director de forma detallada recibió la queja y pausadamente dio un sermón que tranquilizó al cachimbito quien lloraba desconsolado.  

– Estarás expulsado dos días, y el próximo lunes vienes con tu padre o apoderado... No se preocupe profesor vaya usted a sus clases yo me encargo del estudiante...

El profesor salió presuroso de la dirección, el Director sonrió por el apodo que tarareaba y repetía disimuladamente.

– Puede retirarse, el lunes lo espero con su padre- mencionó.

El colegio de Néder, era inmenso, tenía un aproximado de seis mil estudiantes en los tres turnos, sus pabellones eran sórdidos, oscuros, por las pintas y vidrios rotos en los salones. Su cancha de fútbol se encontraba con el pasto crecido, descuidado, donde jugueteaban los alumnos. Albergaba a un número de estudiantes, quienes venían deseosos de aprender. Se sintió acogido por los compañeros sinceros y docentes identificados con la institución, quienes motivaban al estudio y al trabajo. Llegó a quererlo tanto, era un espacio diferente, por el calor humano. Se sentía un verdadero garcilasiano.

Fue fácil rehuir del incidente. El director olvidó el problema por la cantidad de entrevistas en su institución. El cachimbito, no justificó su falta y quedó en el olvido. Sus padres nunca se enteraron del hecho. Se había ausentado dos días vagando, jueves y viernes en compañía de James.

El lunes asistieron temerosos, no hubo ningún llamado, ninguna pregunta sobre el caso. La ausencia de ambos estudiantes llevó al auxiliar a preguntar que había sucedido. James, adujo que un familiar suyo se había accidentado por lo que tuvieron que viajar al pueblo de Anta, lugar de su nacimiento. El auxiliar terminó creyendo la mentira. Se ganaron su aprecio por la forma insistente y respetuosa al saludarlo todos los días, pues debían ganarse su amistad por si el problema renacía.

Ese año, Néder, desaprobó educación física. Tenía que recuperarlo en vacaciones de marzo. Nadie pudo entender en casa el porqué había desaprobado tal asignatura, ya que tenía algunas habilidades para el fútbol, básquet y atletismo, sin embargo desaprobó. Se sintió tranquilo al saber que podía recuperarlo en vacaciones.

En el colegio, el cachimbito fue conocido como el “tiroloco”, pues tenía un dominio con los tiros, lo que le permitió participar en campeonatos internos, durante el receso y a veces durante la tarde. Su vida estudiantil en el Garcilaso fue de constante aprendizaje.

El primer día de clases, en abril, su mamá le alistó los zapatos, bien lustrados, el pantalón y la camisa planchados, se dirigió al nuevo colegio, con un poco de temor, por los comentarios que se decían -ahí estudian delincuentes-, pero fue otra la realidad. Conoció niños y jóvenes sencillos, de un nivel social muy bajo, quienes tenían pocas oportunidades de comprar útiles escolares o uniformes nuevos. Sin embargo, conservaban el valor de la sinceridad y lealtad.

Ese día lo ubicaron en el Segundo “H”, uno de los salones de secundaria. Sus nuevos compañeros le observaban demasiado, pues, tenía un aspecto pulcro que les incomodaba. Miraban sus zapatos lustrados, el pantalón y la camisa impecables. 

Comentaban, se reían, lo cual le produjo desconfianza y temor. Al día siguiente, arrugó el uniforme del colegio, buscó los zapatos del año pasado y se los puso sin mayor reparo. La madre del cachimbito cuestionó su actitud, pudo más su terquedad sin mayor explicación.

Allí aprendió a comer arroz con huevo con treinta céntimos, lo que usualmente costaba un nuevo sol. Eran muy pocos los que tenían esos centavos, ya que los estudiantes no contaban con dinero. Su amor y cariño a la institución fue creciendo por la amistad sincera que ellos le brindaban y por el grupo uniforme, pues todos tenían las mismas necesidades y el común colectivo era único, lo que alimentaba su identidad y amor su institución escolar.

En marzo asistió al colegio, el examen consistió en cortar el gras de la cancha de fútbol. Fueron veinte estudiantes desaprobados en distintos cursos, quienes lo terminaron en dos días utilizando cuchillos caseros que habían traído de sus casas. Dicho examen le premió con un once de nota, calmando la presión de tener desaprobado el curso.

El cachimbito, después de muchos años, profesional, aún recuerda a su profesor de educación física, quien prohibió su asistencia al curso durante el periodo del año y a quien muchas veces observó en la calle esquivo, evitando su presencia, lo cual nos hace dar cuenta, que aún lo recuerda.

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