Cómo organizar una feria intercultural en la escuela multigrado
Una feria intercultural en una escuela multigrado puede convertirse en una experiencia de aprendizaje vinculada con la vida de la comunidad. En estos espacios, estudiantes de distintas edades comparten una misma aula, por lo que una actividad común permite distribuir responsabilidades según las capacidades de cada grupo y fortalecer la colaboración entre niñas, niños, docentes, familias y autoridades comunales.
La preparación debe partir del reconocimiento de los saberes locales, las lenguas originarias y las prácticas culturales del territorio. Una feria escolar bien organizada no presenta las culturas como objetos de exhibición, sino como conocimientos vivos que orientan la alimentación, la agricultura, la música, la medicina tradicional, la historia y las formas de convivencia.
Definir un propósito vinculado con la comunidad
El primer paso consiste en acordar qué se desea aprender y compartir. El tema puede relacionarse con las semillas nativas, los tejidos, los relatos de origen, las plantas medicinales, la cocina tradicional, los juegos ancestrales o las formas comunales de cuidar el agua. Para elegirlo, el docente puede conversar con los estudiantes y recoger propuestas de madres, padres, sabios locales y representantes de organizaciones indígenas.
El propósito debe expresarse con claridad. Por ejemplo, la feria puede buscar que el alumnado valore la diversidad lingüística, investigue una práctica productiva o explique cómo los conocimientos comunitarios contribuyen al cuidado del ambiente. La propuesta institucional de educación intercultural bilingüe ofrece un marco pertinente para promover aprendizajes relacionados con la identidad, la participación y el uso de las lenguas de los pueblos.
En una escuela multigrado, conviene establecer un eje general y varios subtemas. Así, los estudiantes de los primeros grados pueden observar, dibujar y nombrar elementos de su entorno; los de grados intermedios pueden formular preguntas y registrar información; y los mayores pueden comparar fuentes, redactar textos bilingües o coordinar la presentación. Todas las tareas deben tener valor propio y contribuir al resultado colectivo.
Planificar con tiempos y responsabilidades flexibles
La planificación puede organizarse en una agenda sencilla que incluya investigación, elaboración de materiales, ensayos, instalación y evaluación. Es importante reservar momentos para trabajar en grupos por edades y otros para reunir a toda la escuela. La flexibilidad resulta esencial cuando existen calendarios agrícolas, fiestas comunales, temporadas de lluvia o dificultades de traslado.
Cada equipo puede asumir una responsabilidad concreta: entrevistas a familiares, recopilación de palabras en lengua originaria, preparación de objetos, elaboración de carteles, ambientación del espacio o bienvenida a los visitantes. Los roles deben rotarse para que todos participen. El alumnado mayor puede apoyar a los más pequeños en la escritura y la organización, sin reemplazar su voz ni hacer las tareas por ellos.
El docente cumple una función de acompañamiento. Orienta la búsqueda de información, ayuda a distinguir una opinión de un dato, revisa el uso respetuoso de imágenes y prepara preguntas que estimulen la reflexión. Cuando sea posible, conviene invitar a hablantes competentes de la lengua local para revisar nombres, traducciones y formas de saludo, evitando errores que puedan afectar el sentido cultural de las presentaciones.
Investigar desde los saberes y las lenguas del territorio
La investigación debe realizarse mediante fuentes cercanas. Una conversación con una tejedora, un agricultor, una partera tradicional, un músico o una autoridad comunal puede aportar conocimientos que no aparecen en los libros. Antes de entrevistar, los estudiantes necesitan aprender a solicitar permiso, presentarse, explicar el propósito de la actividad y agradecer la colaboración.
El registro puede hacerse mediante dibujos, notas, fotografías autorizadas, audios o videos. En comunidades donde predomina la oralidad, la narración hablada merece el mismo reconocimiento que un texto escrito. Los estudiantes pueden transcribir fragmentos, elaborar glosarios y preparar versiones breves en castellano y en la lengua originaria, tomando en cuenta que traducir no significa sustituir una forma de pensar por otra.
También es necesario conversar sobre qué conocimientos pueden compartirse públicamente y cuáles deben mantenerse dentro de la comunidad. Algunas prácticas tienen carácter familiar, ceremonial o sagrado. Respetar esos límites forma parte de la educación intercultural. La feria debe evitar la apropiación, la caricaturización y la presentación de una cultura como si fuera uniforme; cada comunidad puede mostrar sus propias variantes, voces y experiencias.
Diseñar estaciones de aprendizaje atractivas
El espacio puede dividirse en estaciones o rincones temáticos. Una sección puede presentar semillas, herramientas y calendarios agrícolas; otra, cuentos y canciones; una tercera, tejidos, diseños y significados; y otra, juegos matemáticos elaborados con materiales del entorno. Cada estación debe incluir una explicación breve, una actividad participativa y materiales visuales comprensibles para visitantes de distintas edades.
Los carteles pueden escribirse en la lengua originaria y en castellano, usando letras legibles, ilustraciones y palabras clave. En vez de llenar las paredes con textos extensos, es preferible incluir preguntas, mapas, esquemas y pequeñas historias. Por ejemplo: “¿Qué señales anuncian la lluvia?”, “¿Cómo se llama esta planta en nuestra comunidad?” o “¿Qué aprendemos de este relato sobre la solidaridad?”.
La feria también puede integrar demostraciones. Los estudiantes pueden enseñar un juego tradicional, explicar una técnica de cultivo, presentar una canción o mostrar cómo se prepara un alimento, siempre con la autorización correspondiente y observando medidas de seguridad. Las actividades prácticas permiten que las familias participen como portadoras de conocimientos y que el aprendizaje se produzca mediante la conversación, la observación y la experiencia directa.
Involucrar a las familias y valorar los aprendizajes
La convocatoria debe realizarse con anticipación y por diversos medios: comunicados bilingües, reuniones, visitas a las familias o avisos durante actividades comunales. El mensaje debe explicar el propósito de la feria, la fecha, el horario y la forma en que cada persona puede colaborar. También conviene considerar la disponibilidad de las familias, para que la participación no dependa únicamente de quienes pueden acudir durante la jornada escolar.
Durante el evento, los estudiantes pueden recibir a los visitantes, explicar los trabajos y recoger sus comentarios. Para fortalecer la comunicación intercultural, es útil contar con momentos de saludo y presentación en la lengua local, así como con personas que apoyen la interpretación cuando sea necesario. La feria debe crear un ambiente de respeto, sin obligar a nadie a hablar una lengua o revelar información personal.
La evaluación puede realizarse al finalizar mediante una conversación colectiva, dibujos, diarios de aprendizaje o una ficha breve. Conviene analizar qué conocimientos se incorporaron, cómo se usaron las lenguas, qué tareas resultaron difíciles y qué aportes de la comunidad deben continuar trabajándose. La valoración debe considerar el proceso: la capacidad de escuchar, colaborar, preguntar, explicar y reconocer la diversidad.
Una feria intercultural deja mejores resultados cuando sus productos permanecen en la escuela. Los textos bilingües pueden incorporarse a la biblioteca, las grabaciones pueden formar parte de un archivo comunitario y las semillas, mapas o fotografías pueden utilizarse en nuevas clases. De esta manera, la actividad se transforma en una experiencia de aprendizaje permanente que fortalece la identidad, la convivencia y el vínculo entre la escuela y el territorio.