Buen vivir andino: conversación con un sabio de la comunidad

En las comunidades andinas, el buen vivir no se reduce a tener más bienes ni a alcanzar una comodidad individual. Es una manera de relacionarse con la familia, la comunidad, la naturaleza, los antepasados y las generaciones que todavía no han nacido. Su sentido se construye en la vida cotidiana, mediante la reciprocidad, el trabajo compartido y el cuidado de la tierra.

Para comprender mejor esta visión, conversamos con don Evaristo Huamán, sabio quechua de una comunidad altoandina. Desde su experiencia como agricultor, narrador y orientador de jóvenes, explica que el conocimiento no vive separado de la práctica. Cada historia, cada siembra y cada palabra en lengua originaria contiene una enseñanza sobre la responsabilidad de vivir en armonía.

Sus reflexiones pueden enriquecer la educación intercultural bilingüe, especialmente cuando la escuela reconoce los conocimientos locales como fuentes legítimas de aprendizaje. La conversación también muestra que enseñar en quechua, aimara u otra lengua indígena no consiste únicamente en traducir contenidos, sino en abrir espacio a otras formas de interpretar el mundo.

La palabra que reúne vida y equilibrio

—Don Evaristo, ¿qué significa para usted el buen vivir?

—En nuestra lengua decimos allin kawsay. Es vivir bien con todos, no vivir mejor que los demás. Una persona puede tener una casa grande, pero si no saluda a sus vecinos, no comparte su agua y no respeta a la madre tierra, su vida está incompleta. El buen vivir necesita equilibrio entre el cuerpo, el pensamiento, el corazón y la comunidad.

El sabio explica que la expresión también incluye una dimensión ética. La persona recibe beneficios del territorio, pero tiene el deber de devolver algo mediante el trabajo, la protección de las fuentes de agua, el respeto a los animales y la ayuda a quienes lo necesitan. Por eso, la prosperidad no se mide solamente por el dinero, sino por la capacidad de sostener relaciones justas y solidarias.

—¿Entonces se trata de una idea antigua?

—Es una idea de nuestros abuelos, pero sigue siendo necesaria hoy. Cada tiempo trae problemas nuevos. Antes se hablaba de cuidar la semilla y el agua; ahora también debemos hablar de la contaminación, del cambio del clima y de la pérdida de nuestras lenguas. El principio es el mismo: nadie puede vivir separado de los demás.

Aprender del territorio y la memoria

Para don Evaristo, el territorio es una biblioteca viva. Las montañas, los caminos, las plantas medicinales y los lugares sagrados guardan información que se transmite mediante relatos, ceremonias, observación y participación. El aprendizaje comienza cuando niñas y niños acompañan a sus familias en la chacra, escuchan a las personas mayores y preguntan por el significado de cada actividad.

—¿Qué puede aprender un estudiante fuera del salón?

—Puede aprender a mirar el cielo, reconocer cuándo llegará la lluvia, distinguir una planta que cura de otra que hace daño y comprender por qué no se debe desperdiciar el agua. También aprende a trabajar con otros. Cuando participa en la cosecha, entiende que la comida no aparece por sí sola: hay tierra, semillas, esfuerzo, acuerdos y agradecimiento.

Esta mirada dialoga con los recursos de las bibliotecas escolares y los materiales de aula. Un relato local puede convertirse en una actividad de lectura; el calendario agrícola puede orientar una investigación; una entrevista familiar puede fortalecer la escritura en lengua originaria. Para quienes desean profundizar en la relación entre organización escolar y aprendizaje, resulta útil consultar estos recursos sobre calidad educativa, siempre adaptándolos a la realidad cultural de cada comunidad.

La lengua como casa del pensamiento

La conversación cambia de tono cuando se aborda el idioma. Don Evaristo afirma que una lengua indígena no es solamente un instrumento para comunicar instrucciones. En ella se encuentran formas particulares de nombrar la naturaleza, expresar afectos, recordar la historia y establecer vínculos de respeto.

—¿Por qué es importante que la escuela enseñe en la lengua de la comunidad?

—Porque el niño piensa primero con la palabra que escucha en su casa. Si llega al aula y siente que su lengua no vale, aprende también a esconder una parte de sí mismo. En cambio, cuando el maestro la usa con respeto, el estudiante participa con confianza y puede aprender el castellano sin abandonar su identidad.

La educación bilingüe debe avanzar de manera planificada. Es necesario desarrollar la oralidad, la lectura y la escritura en ambas lenguas, producir materiales pertinentes y reconocer las variedades locales. También conviene invitar a hablantes competentes, narradores y autoridades comunales para revisar términos, relatos y ejemplos. En el portal opiniones sobre educación intercultural se encuentran reflexiones que pueden acompañar este diálogo entre política educativa, práctica docente y saber comunitario.

Escuela, familia y comunidad

—A veces se piensa que los saberes de la comunidad son menos científicos. ¿Qué respondería?

—Hay distintas maneras de conocer. Nuestros abuelos observaban durante muchos años el comportamiento de las plantas, los animales y las nubes. No escribían sus observaciones en un cuaderno como lo hace un investigador, pero tenían métodos, memoria y comprobación. La escuela puede comparar conocimientos sin burlarse ni imponer una sola forma de pensar.

El enfoque intercultural no pide reemplazar los conocimientos científicos por los saberes ancestrales. Propone ponerlos en diálogo. Una clase sobre el agua puede incluir el ciclo hidrológico explicado por la ciencia y, al mismo tiempo, las normas comunales que protegen un puquio. Una actividad sobre salud puede revisar la medicina moderna junto con el uso responsable de plantas conocidas por las familias.

Para que ese diálogo sea auténtico, las familias deben participar en la planificación y evaluación de los aprendizajes. La comunidad puede colaborar en proyectos de investigación, demostraciones productivas, narraciones orales y recorridos territoriales. Así, la escuela deja de ser un espacio aislado y se convierte en parte de una red de responsabilidades compartidas.

Cuidar la naturaleza es cuidar la vida

En la concepción andina, la naturaleza no aparece como un depósito de recursos disponibles para la explotación ilimitada. La tierra es madre y fuente de vida; el agua merece respeto; los animales forman parte de un tejido de relaciones. Don Evaristo subraya que esta perspectiva no debe presentarse como una decoración folclórica, sino como una orientación práctica para enfrentar problemas actuales.

—¿Qué le preocupa más del presente?

—Que algunos jóvenes piensen que progresar significa irse lejos y olvidar todo lo aprendido en la comunidad. También preocupa que se contaminen los ríos y se pierdan las semillas nativas. Pero los jóvenes tienen fuerza y creatividad. Si reciben educación con identidad, pueden estudiar nuevas tecnologías y usarlas para defender su territorio.

En el aula, esta preocupación puede traducirse en proyectos concretos: recuperar semillas locales, registrar plantas en dos lenguas, analizar la calidad del agua, elaborar mapas comunitarios o investigar cambios en las lluvias. Estas actividades desarrollan competencias de comunicación, ciencia, ciudadanía y convivencia, mientras fortalecen el vínculo con el entorno.

Llevar el buen vivir al aula

—¿Qué consejo daría a las maestras y los maestros?

—Primero, que escuchen. Antes de preparar una clase, deben saber qué conoce la comunidad, qué preocupa a las familias y qué palabras usan los estudiantes. Luego pueden relacionar ese conocimiento con los contenidos escolares. También deben enseñar a compartir, a cumplir acuerdos y a resolver conflictos sin humillar a nadie.

Una enseñanza orientada al buen vivir requiere ambientes seguros, participación equitativa y evaluación que valore los procesos. El estudiante puede demostrar lo aprendido mediante una exposición oral, un relato bilingüe, una práctica comunitaria, un dibujo territorial o una explicación escrita. Evaluar de distintas maneras permite reconocer capacidades que no siempre aparecen en una prueba convencional.

Para llevar estas ideas a la planificación, pueden considerarse las siguientes acciones:

Antes de despedirse, don Evaristo deja una frase para las nuevas generaciones: «El buen vivir se aprende viviendo con respeto. Si una persona aprende mucho, pero no sabe compartir lo que sabe, todavía le falta aprender». Sus palabras resumen una pedagogía en la que la inteligencia se une con la responsabilidad y el conocimiento encuentra sentido en el cuidado de la vida.