Una maestra awajún y los caminos de la educación intercultural
La educación intercultural bilingüe adquiere un sentido profundo cuando nace de la vida de las comunidades. En las escuelas awajún, aprender implica relacionar la lectura, las ciencias y las matemáticas con el territorio, la memoria familiar, la lengua originaria y las formas locales de comprender el mundo.
En esta entrevista, una maestra awajún comparte su experiencia frente al aula y explica por qué enseñar en awajún y castellano requiere mucho más que traducir contenidos. Su testimonio muestra el valor de escuchar a los estudiantes, trabajar con las familias y reconocer los saberes indígenas como parte esencial del aprendizaje.
Su recorrido también permite observar los retos cotidianos de la escuela rural: la escasez de materiales pertinentes, la formación docente insuficiente y la necesidad de fortalecer la participación comunitaria. Al mismo tiempo, revela estrategias que convierten la diversidad cultural en una oportunidad pedagógica.
Enseñar desde la lengua y la identidad
“Cuando una niña habla awajún en clase, está mostrando quién es y de dónde viene”, explica la maestra. Para ella, la lengua materna no debe limitarse a los primeros grados ni utilizarse únicamente para facilitar el paso al castellano. Es una herramienta para pensar, preguntar, narrar experiencias y construir conocimientos junto con los demás.
En su aula, las dos lenguas cumplen funciones complementarias. El awajún permite abordar relatos familiares, nombres de plantas, prácticas agrícolas y normas de convivencia; el castellano amplía el acceso a otros textos, investigaciones y espacios de comunicación. La docente evita presentar una lengua como superior a la otra y procura que los estudiantes desarrollen seguridad en ambas.
La maestra recuerda que algunos niños llegaban a la escuela con temor de participar porque habían recibido mensajes negativos sobre su forma de hablar. “Cuando escuchan su lengua en los carteles, en los cuentos y en las actividades, cambian su actitud. Comprenden que su voz también tiene un lugar en la escuela”, señala. Esa confianza favorece la comprensión lectora y la expresión oral.
El territorio como espacio de aprendizaje
Para la docente entrevistada, el territorio es un aula abierta. Una visita a la chacra puede servir para estudiar los ciclos de crecimiento de las plantas, registrar medidas, comparar semillas y conversar sobre las responsabilidades familiares. El río permite trabajar observación, cuidado ambiental y relatos vinculados con la historia de la comunidad.
Estas actividades no reemplazan los contenidos del currículo; los vuelven significativos. La maestra planifica sus sesiones a partir de situaciones cercanas y luego relaciona esas experiencias con conceptos escolares. Así, una conversación sobre la pesca puede conducir a ejercicios de cálculo, producción escrita, clasificación de especies y reflexión sobre el uso responsable de los recursos.
La participación de sabios, madres, padres y autoridades comunales ocupa un lugar importante en este proceso. Algunas personas comparten técnicas de tejido, conocimientos medicinales o historias de desplazamiento y recuperación cultural. La docente convierte esos aportes en fuentes de aprendizaje, siempre con respeto por las formas comunitarias de transmitir conocimientos.
Matemáticas vinculadas con la vida cotidiana
Uno de los desafíos que menciona la maestra es enseñar matemáticas sin separarlas de la realidad de los estudiantes. Contar productos, distribuir alimentos, calcular distancias entre comunidades o reconocer patrones en los diseños artesanales son actividades que ayudan a comprender operaciones y relaciones matemáticas.
En ese trabajo, los docentes pueden complementar sus estrategias con la guía de matemáticas bilingües, un recurso que ofrece orientaciones para desarrollar aprendizajes en una lengua originaria y en castellano. Aunque cada pueblo posee sus propias particularidades, este tipo de material puede inspirar adaptaciones contextualizadas para el aula awajún.
La maestra explica que los errores también son oportunidades para conocer cómo razonan los estudiantes. En vez de corregir de inmediato, les pide que expliquen el procedimiento en awajún, representen el problema con objetos o lo relacionen con una actividad familiar. Después introduce el vocabulario matemático en castellano y establece equivalencias sin borrar el razonamiento inicial.
Los retos de la escuela rural
La falta de materiales elaborados desde la cultura local aparece entre las principales dificultades. Muchos textos presentan paisajes, nombres y situaciones alejadas de la Amazonía, por lo que los estudiantes deben hacer un esfuerzo adicional para comprender el contexto antes de abordar el contenido. La maestra suele crear relatos, fichas y dibujos con apoyo de sus colegas y de las familias.
También señala la importancia de una formación docente continua. Aprender la lengua originaria, conocer sus variedades y comprender los protocolos comunitarios requiere tiempo y acompañamiento. No basta con memorizar vocabulario: el profesor debe saber cuándo usar cada lengua, cómo organizar la participación y cómo evitar que la escuela reproduzca prejuicios.
La conectividad irregular y las largas distancias complican el acceso a bibliotecas virtuales, cursos y redes de intercambio profesional. Por eso, la docente valora los materiales impresos y las reuniones presenciales entre maestros. Compartir experiencias permite resolver problemas concretos y construir propuestas que respondan a las condiciones de cada comunidad.
Una escuela construida con la comunidad
La entrevistada sostiene que la educación intercultural no puede depender únicamente del esfuerzo individual de una maestra. Para que sea sostenible, necesita políticas públicas, materiales en lenguas originarias, acompañamiento pedagógico y una gestión escolar que reconozca la participación de la comunidad como parte del proceso educativo.
En su experiencia, las reuniones con las familias han dejado de ser encuentros centrados solo en calificaciones. Se conversa sobre asistencia, alimentación, uso de la lengua, expectativas para los hijos y actividades que pueden desarrollarse fuera del horario escolar. Este diálogo ayuda a identificar obstáculos y a construir acuerdos realistas.
“Una escuela que respeta nuestra cultura prepara mejor a los estudiantes para dialogar con otros mundos”, afirma. Su reflexión resume una idea central: fortalecer la identidad awajún no significa cerrar las puertas al castellano ni a nuevos conocimientos. Significa ofrecer a niñas, niños y adolescentes una base firme para aprender, participar y decidir sobre su futuro sin renunciar a sus raíces.
La experiencia de esta maestra muestra que la educación bilingüe cobra vida en decisiones concretas: escuchar antes de explicar, planificar con el territorio, valorar los saberes familiares y enseñar cada contenido con pertinencia cultural. En esas prácticas cotidianas se construye una escuela más justa, donde la lengua awajún y la diversidad de los pueblos indígenas son reconocidas como fuentes de conocimiento.